Lo digital es, también, material.

No es una falacia sino, más bien, una aseveración lógica: no puede haber mundo digital sin pantallas, sin cargadores, sin baterías, sin enchufes de la luz, sin cascos… sin servidores de internet y, por tanto, sin electricidad. Encender y apagar la luz o cargar el teléfono móvil necesitan recursos, usando un lenguaje capitalista, o bienes naturales, si se escribe desde una mirada crítica con el sistema económico. Detrás de lo digital hay agua, minerales, bosques, cada vez menos petróleo y gas, también tierras, muchas tierras y vidas de gente.

Y luchas y resistencias, y crítica feminista.

“El tamaño de la esfera material de la economía es totalmente dependiente del aporte energético que se pueda hacer”, decía la antropóloga y activista ecofeminista Yayo Herrero, en una entrevista publicada en el monográfico Energías, de Pikara Magazine.

Amaia Pérez Orozco, economista feminista, aterriza este apunte en los planes diseñados para marcar el futuro económico del Estado español, cimentado sobre los 72.000 millones de euros de los fondos europeos. “No se sostienen sobre nada, sobre ninguna materia y sobre ninguna energía. Niegan el colapso ecológico y ofrecen una visión simplista del cambio climático. No hablan de materiales escasos ni de materiales críticos. Se habla de la digitalización como climáticamente neutra y sin impacto. En energía se cambian los modos de generación, pero no se cuestiona la demanda ni hay perspectiva de reducción. Y el cuerpo es desplazado, no se habla de trabajo, solo de empleo”, resumía en la presentación del informe ‘Cómo la inversión pública socava la transformación ecofeminista’, editado por las organizaciones Colectiva XXK, Observatorio de la deuda en la globalización (ODG), Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) y Enginyeria Sense Fronteres (ESF).

El documento urge a confrontar el relato dominante que considera neutra en emisiones a la transición energética, al fomento de nuevas tecnologías y a los procesos de electrificación y de digitalización. Tilda asimismo de neocolonial a la economía europea, a la que acusa de acaparadora de los materiales y de “promotora del proceso de repatriarcalización de los territorios que trae consigo el extractivismo, como se denuncia desde colectivos ecofeministas”.

Dalila Argueta, defensora del río Guapinol, tuvo que abandonar Honduras porque su oposición a una minera de hierro en una reserva natural, que afectaba a 34 fuentes de agua, puso en peligro su vida. Ahora, como refugiada política y desde su nuevo hogar, la casa de defensoras Basoa, en Bizkaia, cuestiona las formas de vivir y los consumos. “Somos responsables de todo este daño ambiental que estamos ocasionando en todo el mundo, nos estamos comiendo la casa común. Estamos creando a nuestro planeta una grieta porque estamos hurgando y hurgando para sacar todo este tipo de minerales que necesitan para crear todo lo que se les antoje a las grandes compañías que crean la tecnología”, comparte.

“Luchan por todas nosotras”

Desde el Observatorio de la Deuda en la Globalización (ODG), Alfons Pérez, especializado en energía y clima, explica que la digitalización conlleva cambiar el modelo de consumo energético, porque profundiza la electrificación que, a su vez, necesita todo un aparataje: sí, el enchufe, pero también pensar dónde y cómo se produce la electricidad, y luego el cableado de alta tensión y de baja tensión. “Hay toda una materialidad detrás de la electricidad, aunque parece que es bastante inocua, no lo es”, incide. Y en la base material de la electricidad, recuerda Pérez, están el cobre, el litio, el lantano, las tierras raras. Y cita a la Agencia Internacional de la Energía, que ha dicho que en los próximos 20 años la extracción de litio puede aumentar 40 veces la demanda actual.

Por cierto, el 60 por ciento de las reservas mundiales de este metal están en el llamado triángulo del litio, entre Bolivia, Argentina y Perú. Por cierto, el expresidente boliviano Evo Morales culpó al litio del golpe de Estado en su país de 2019. Por cierto, Elon Musk, dueño de la empresa de coches eléctricos Telsa y ahora también de X (ex Twitter), puso entonces un tuit, que luego borró, en el que decía que derrocarían a quien quisieran. Por cierto, Lourdes Huanca, presidenta de la Federación de mujeres campesinas, artesanas, indígenas, nativas y asalariadas del Perú, ha dicho en una entrevista que “2023 es el año de revisar las concesiones mineras, petroleras y de agroexportación. Además, han encontrado litio en Puno. El poder lo sabe”. Por cierto, Perú vive una importante crisis política y social y la región de Puno está militarizada [el reportaje se escribió en 2023]. Por cierto, la extracción de litio requiere 2,2 millones de litros de agua por tonelada.

Hablar de extractivismo y de defensa del territorio debe ser una apuesta feminista, aunque no genere noticias virales y no ocupe grandes espacios en las agendas políticas ni en los encuentros culturales. En un ya lejano 2019, la salvadoreña Vidalina Morales, defensora del territorio y luchadora contra la minería metálica, compartió mesa de debate con Silvia Federici. “Escuchar a defensoras del medio ambiente es una cuestión de vida o muerte. Quienes luchan contra las grandes empresas de minería, petroleras y del agrobusiness luchan por todas nosotras”, manifestó ante un abarrotado auditorio la escritora y activista feminista italiana.

Alabar la digitalización y las tecnologías, presumir de cables blancos bien bonitos y de cámaras con una indecencia de megapíxeles, utilizar el comercio electrónico y las plataformas para ver cine online no puede obviar el debate sobre la minería, los grandes proyectos energéticos que generan expulsiones, y la situación de las defensoras. Ni ignorar las vidas de lucha, de exilios, y también de muerte: tanto Vidalina Morales como Dalila Argueta han sufrido el asesinato de compañeros y compañeras. Los grandes cables submarinos, el control de datos, los servidores de internet que hay que alimentar y enfriar o los oligopolios no pueden desaparecer si no se hace un uso crítico de un panorama digital controlado por un puñado de grandes empresarios, y que genera acaparamiento.

Desgobernanza y control

“Una de las críticas más fuertes a la economía digital es la ausencia total de lo que podemos llamar gobernanza, no solo de internet, sino también del manejo y comercio de datos, el comercio electrónico, de los usos de la inteligencia artificial, porque no podemos olvidar los controles de vigilancia ligados al fortalecimiento de regímenes autoritarios. Y esa desgobernanza es uno de los principales puntos donde insisten las críticas del feminismo. Es clave cómo los Estados montan políticas de control de movimiento de la población y de las acciones de la sociedad civil. Los sistemas de cibervigilancia y ciberseguridad afectan a los derechos humanos. Es lo que [la socióloga Shoshana] Zuboff llamó el capitalismo de la vigilancia”, reflexiona por teléfono Flora Partenio.

Los datos son una nueva materia prima

La doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires habla de la “geopolítica del poder digital”, que es un nudo entre digitalización, poder corporativo y financiarización. Porque hablar de internet es hablar de empresas, de unos 450 grandes cables submarinos y de nubes, pero no de las de vapor de agua, sino de conjuntos inmensos de ordenadores que envían información de acá para allá todo el rato y consumen mucha luz. Vamos, que la nube es materia pura y dura, es cosa, es objeto. Y está controlada por pocas manos, sobre todo por las de Amazon. Según los datos publicados el Transnational Institute (TNI), el 47,8 por ciento de la nube es de Amazon, el 15,5 de Microsoft, el 7,7 de Alibaba y el 4 por ciento de Google. “Esta concentración de poder digital es un riesgo, porque la promesa inicial que tenía el mundo digital era el acceso democrático, donde íbamos a poder acceder todas y todos, buscar, subir cosas, bajar. Y cuando vemos la trastienda, es una concentración muy fuerte en un puñado de empresas, lo que tiene un impacto enorme en la privatización de la internet en términos de acceso, de costos y de inversión en infraestructura”, continúa Partenio, integrante de DAWN, una red de feministas del sur cuyas siglas del inglés significan Mujeres por un Desarrollo Alternativo para la Nueva Era.

Los datos se acumulan en la nube, que no son más que montones de ordenadores operando juntos en búnkeres, pero también se mueven. Y no por el aire, sino por grandes cables. “La mayoría de nuestras actividades diarias, ya sean económicas (compras y operaciones bancarias en línea, comercio de alta frecuencia), administrativas (votar, presentar declaraciones de impuestos, ponerse en contacto con embajadas extranjeras), o sociales (redes sociales, llamadas telefónicas a otros países, conversaciones por correo electrónico) requieren una conexión a internet y el movimiento de datos en todo el mundo”, apunta Camille Morel, investigador asociado en el Instituto de Estrategia y Estudios de Defensa (Universidad de Lyon, Francia) y el Centro de la Marina Francesa para Estudios Estratégicos, en un informe sobre los cables submarinos en el Pacífico.

Si en 2010 Google, Meta, Microsoft y Amazon solo tenían un cable submarino de larga distancia, ahora rondan la treintena; en concreto, el famoso buscador tiene más de 100.000 kilómetros de cables bajo los mares y los océanos, nuevos espacios, por cierto, que se están abriendo a la minería. Maximilian Jung escribe en un informe de TNI que la construcción de sus propios cables brinda a las grandes empresas de tecnología un control técnico y operativo sin precedentes, así como el acceso privilegiado a los datos de miles de millones de personas usuarias. Porque es complicado vivir al margen de este orbe de apps, servicios tecnológicos y actividades en línea. A las grandes empresas tecnológicas, apunta Jung, les gusta afirmar que los datos son una nueva materia prima.

Reindustrialización

Y el control de los datos, recuerda la activista feminista Flora Partenio, es una cuestión clave: “Hay que reclamarlos, esto lo dicen muchas autoras, hay que apelar a la discusión de los datos como bienes comunes; y debe ser una prioridad, si no, es imposible avanzar en un mundo digital igualitario y justo”. Unos datos que se multiplican a diario, que son materia y, por cierto, están provocando una “reindustrialización”, un cambio de paradigma. El 39 por ciento de los centros de datos están en Estados Unidos, el 10 en China y el 6 en Japón. Nada de periferias, en pleno centro del sistema.

«Al no ser neutra, la tecnología replica los patrones de género»

“La parte industrial, es decir, el sustento real de esta economía digital, se relocaliza cada vez más en los centros de los países desarrollados, que hace una década y media o dos se habían deslocalizado hacia China por las condiciones laborales favorables a la ganancia y al lucro por la falta de derechos. Ahora, cada vez más empiezan a incorporar la inteligencia digital y el uso de datos en la producción y por lo tanto requieren de unas capacidades de trabajadores y trabajadoras que son más accesibles y cercanas a los centros de consumo; por eso la economía de [Estados Unidos, con el expresidente Donald] Trump creció como creció”, compartía la directora regional adjunta de ONU Mujeres para las Américas y el Caribe, Cecilia Alemany, hace dos años en la Escuela de Economía Feminista de DAWN. En el Estado español, por ejemplo, existen 25 centros de datos, según Spain DC, la patronal del sector que se acaba de crear, y hay varios más en marcha, entre ellos de Amazon.

Más allá de control, monopolio, acaparamiento, autoritarismos y expulsiones, la digitalización masiva requiere no olvidar el sesgo de los algoritmos, la pérdida de derechos laborales, las brechas digitales y de soberanía y los roles de género. Los feminismos están atentos y Partenio apuesta por la “justicia digital feminista”, un camino teórico y práctico que ya se ha empezado a caminar. “¿Es posible romper el pacto del capitalismo digital y las dinámicas patriarcales, que se sirven del trabajo no remunerado, mal remunerado, feminizado? Es central ver cómo interpelamos y cómo afrontamos esta desigualdad. Porque, al no ser neutra, la tecnología replica los patrones de género. ¿Cómo construimos un nuevo pacto digital?”, se repregunta la activista feminista que coordina el proyecto Justicia digital feminista, una iniciativa conjunta de investigación y activismo de DAWN con IT for Change.

Y su análisis, además de preguntas, atisba caminos por los que transitar: cómo sostener infraestructuras públicas digitales al servicio de los cuidados, de la salud y de la seguridad social; cómo avanzar hacia la desmercantilización de la comunicación digital y de las tecnologías; cómo avanzar en una estructura en red democrática, controlada por la comunidad y plural, y no en manos de unas pocas empresas; cómo avanzar en dinámicas de gobernanza feministas de las tecnologías; cómo reclamar internet como un bien público y espacios democráticos en estos mundos digitales y soberanía de los datos; y, al mismo tiempo, cómo avanzar en marcos de protección laboral. “Hay que abrir la discusión”, finaliza. Las grietas ya se abrieron.

Un artículo de Mª Ángeles Fernández para Pikara Magazine
Este reportaje pertenece al monográfico de Economía Digital Feminista, publicado en marzo de 2023, y que puedes comprar en su tienda online.