Más de cuarenta personas de diferentes gobernaciones palestinas — técnicas del Ministerio de Trabajo, representantes de cámaras de comercio, sindicatos y cooperativas — se conectaron el pasado 17 de junio para hablar de cuidados. El 60% eran mujeres. Al otro lado, el Ministerio de Trabajo y Economía Social de España, REAS Red de Redes y la cooperativa La Comala. El encuentro formaba parte del programa de fortalecimiento de capacidades en ESS que la OIT y el ITCILO están desarrollando en Palestina con apoyo del Ministerio español.

Lo que ocurrió en esa sesión fue algo más que un intercambio de buenas prácticas. Fue el reconocimiento de que, a pesar de contextos radicalmente distintos, los desafíos son los mismos: la feminización y precarización del trabajo de cuidados, la falta de acceso para las familias con menos recursos, y la urgencia de modelos que pongan la vida en el centro.

Los cuidados no son un asunto subalterno

La Subdirectora General de la Oficina Técnica del Comisionado Especial para la Economía Social abrió la sesión con una idea clara: los cuidados son la infraestructura que sostiene la vida, el trabajo y la propia actividad económica. Y sin embargo, históricamente han sido invisibilizados e infravalorados.

En España, alrededor del 90% de los empleos de cuidados están ocupados por mujeres, con una presencia creciente de personas migrantes (en torno al 43%). Quienes trabajan en cuidados perciben de media unos 10.000 euros menos al año que el resto. Y esto solo refleja el empleo formal. Detrás hay una enorme economía informal donde la desprotección es aún mayor.

La respuesta española se ha articulado en torno a tres ejes — visibilización, transversalización e innovación — materializados en la Estrategia de Economía Social 2023-2027 y el PERTE de la Economía Social y de los Cuidados: 2.500 millones de euros, diez ministerios y más de 4.500 entidades. España es el único país de la UE con un proyecto específicamente dedicado a los cuidados.

Lo que la ESS aporta: datos y modelo

REAS Red de Redes presentó la apuesta de la Economía Social y Solidaria por la cooperación público-comunitaria frente a la cooperación público-privada tradicional. No se trata de que una empresa gane un contrato y preste un servicio: se trata de que administración, entidades sociales y comunidad co-diseñen y co-gestionen los servicios. Donde las trabajadoras son socias y deciden. Donde las personas usuarias tienen voz.

Los datos de la Auditoría Social de REAS — más de 700 entidades, datos de 2024 — muestran que la ESS va claramente por delante de la economía convencional en presencia de mujeres: el 68% de las personas trabajadoras en nuestras organizaciones son mujeres, frente al 47% en el conjunto de la economía española. En el sector específico de salud y cuidados esa proporción sube al 73%. La ESS genera un clima positivo de acceso, con menos barreras de entrada y medidas que promueven la participación paritaria.

Y sin embargo, la Auditoría también sirve para nombrar las contradicciones propias: cuando se mira quién ocupa los cargos de responsabilidad en el sector de cuidados, solo el 58% son mujeres. Catorce puntos de diferencia entre quienes cuidan y quienes deciden. Nombrarlo no es una autocrítica paralizante — es exactamente para lo que sirve medir: para saber dónde estamos y hacia dónde tenemos que seguir avanzando.

En 2023, REAS elaboró junto al Instituto de las Mujeres del Gobierno español la Guía de Buenas Prácticas de gestión público-comunitaria de los cuidados. La guía nació con una vocación concreta: sistematizar lo que las entidades de la ESS estaban ya haciendo en el sector — no como modelo único exportable, sino como mapa de experiencias reales de las que aprender. Recoge once iniciativas de todo el territorio estatal: cooperativas de atención domiciliaria en entornos rurales, entidades que trabajan con personas mayores en barrios urbanos, proyectos de gestión compartida con ayuntamientos. Todas comparten algo: han demostrado que es posible ofrecer cuidados de calidad con contratos dignos, gobernanza participativa y arraigo comunitario. Una de esas once experiencias es La Comala — y no por casualidad.

La Comala: desde la lástima nada, desde la dignidad todo

La Comala S.C.M. es una cooperativa madrileña formada por mujeres migrantes que llevan ocho años sosteniendo la vida cotidiana a través de los cuidados y la limpieza del hogar. Nació desde la necesidad — ante la falta de oportunidades dignas y la discriminación por edadismo — y se organizó colectivamente para transformar la precariedad en autogestión y dignidad.

Su modelo va más allá del empleo: incluye espacios de acompañamiento emocional y autocuidado para las propias cuidadoras, toma de decisiones colectiva en asamblea, e incidencia política en los sistemas de cuidados. Con más de 400.000 euros de facturación prevista para 2025 y más de veinte personas vinculadas al proyecto, demuestran que la sostenibilidad económica y la dignidad laboral no son incompatibles.

Su mensaje fue directo: las mujeres migrantes no son un problema dentro del sistema de cuidados, sino una solución colectiva, organizada y transformadora. Más que una cooperativa, son una forma de abrir camino.

Desde Palestina: una cooperativa de cuidados infantiles que nace

La sesión se cerró con una intervención que dio un giro inesperado y muy valioso: participantes palestinas compartieron que están construyendo su propia cooperativa de cuidados infantiles como respuesta a la falta de servicios accesibles en sus territorios. La mayoría de las guarderías existentes son privadas y caras — inaccesibles para las familias con ingresos limitados. Y la carga de cuidados recae, como en todas partes, sobre las mujeres.

El modelo que están construyendo apuesta por contratos formales para las trabajadoras, salario mínimo garantizado, formación profesional y flexibilidad horaria real. Las propias beneficiarias participan en la gestión. El objetivo es pasar de la beneficencia al derecho, de la informalidad al trabajo decente, de la carga individual a la responsabilidad colectiva.

La experiencia está en construcción, con sus retos — financiación, concienciación social, alianzas — y con la convicción de que el modelo cooperativo puede ser una alternativa real en el contexto palestino.

Lo que nos llevamos

Lo que comparten La Comala en Madrid y la cooperativa que nace en Palestina es, en el fondo, lo mismo: la certeza de que cuando las mujeres se organizan colectivamente, el cuidado deja de ser una carga invisible para convertirse en trabajo reconocido, digno y transformador.

La ESS no llega a estos debates con las manos vacías. Llega con experiencias, datos, herramientas y, sobre todo, con la prueba de que otra forma de organizar los cuidados es posible. Ese es el corazón que enseñamos.